Viernes, Noviembre 15, 2019
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PREGÓN SAN MIGUEL 2019-TITO MONZÓN

tito3Sr. Alcalde, Sres. y Sras. Concejales, demás autoridades y representantes municipales, valsequilleros y valsequilleras, visitantes, muy buenas noches. Les doy la bienvenida a este encuentro, ya que es para mí un gran honor ser el pregonero de las fiestas del patrón San Miguel Arcángel de este año 2019.

Ni qué decir tiene que desde el primer momento en que el señor alcalde me comunicó la decisión del grupo de gobierno para este ofrecimiento no dudé en aceptarlo. Un pregón de fiestas es una responsabilidad, pero me hace mucha ilusión compartir esta experiencia con ustedes dando, como buen tirador, el pistoletazo de salida a esta edición de 2019.

Hablaré en este pregón de mis vivencias en este pueblo, pues el que les habla nace el 26 de septiembre de 1946 en esa vivienda de ahí enfrente. Posiblemente sea uno de los valsequilleros que han nacido más cerca de San Miguel, temporal y físicamente.

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Los primeros años de mi niñez los pasé en ir a la escuela, a la doctrina y al catecismo, estar detrás del mostrador de la tienda de mis padres y en la escuela de don Antonio Macías el cubano. Luego en la calle el sol con don Rafael Gómez, y más tarde fui a estudiar bachiller a Telde. Cogíamos los piratas de Juanito Ramírez, Antoñito Umpiérrez, Antonio Ortega de Las Vegas, y alguno más. Costaba cinco pesetas. A los estudiantes nos cobraban cuatro, nos devolvían una peseta para el bocadillo, menos uno de ellos, que no devolvía nada diciendo que no tenía suelto.

Con quince o dieciséis años, en la última planta de casa de mi madre, daba clases particulares a algunos chiquillos durante el verano para sacarme algunas perrillas.

En esta plaza, jugábamos a la piola, la patineta, la tula, el trompo, y también al fútbol con un balón que nos dejaba Manolín Benítez (fallecido recientemente) siempre corriendo delante de don José el cura y Antoñito Sánchez el guardia porque tirábamos la pelota contra esta puerta.

Había un cine, el de don Rogelio Quintana, en la actual calle Isla de Tenerife, donde se pasaban las películas de la Virgen de Fátima, Las aventuras de Kit Carson y Jalisco. Al lado, la gasolinera y la telefónica, y en aquella esquina se ponía el famoso pescador de Telde, al que llamaban el gritón. Aparecía tocando un caracol, y escuchar su sonido era signo de alegría, pues llegaba el pescado.

La barbería de Manolito en la calle la cuesta era símbolo de tradición. Manolito pelaba y afeitaba hasta las 12 del mediodía más o menos, a partir de ahí se iba al bar. La barbería estaba decorada con carteles que traía de Las Palmas, de películas que ya se habían puesto en el cine, como Rififí, Jalisco, y las de Jorge Negrete. Esa barbería, así como la tienda de mi padre, sirvieron de despacho de dentista para maestro Antonio Martel: según maestro Antonio les arrancaba la muela a sus pacientes, mi padre les echaba una copa de ron como calmante. Por supuesto, Ron Guajiro o Ron de Telde: no había otros.

No puedo nombrarlos todos, pero el pueblo estaba lleno de tiendas y bares, había carnicería, molino de gofio, panaderías, zapatería, herrería, tiendas de ropa y hasta un almacén de piensos.

La tienda de Pilarito era tienda, hospedaje y lugar de pago anual de la contribución.

El molino de los Macías, en la calle El Sol, alumbraba el pueblo de 7 a 10 de la noche. Por la calle del ayuntamiento recuerdo al latonero Juanito, y a Isidorito vendiendo chufas y regaliz en el carro.

El fútbol era una de mis aficiones preferidas. Los chiquillos de la época no teníamos otra cosa. Quiero recordar a los compañeros: José Antonio Peñate, Juan Guerra, Pepe Luis, Juan Antonio Ramírez, Antonio Miguel Sánchez, Carmelo Peñate, mis primos Eusebio y Antonio Luis, mi hermano José Manuel, Antonio Miguel Rodríguez, Leonardo, Paco Jiménez y Paco Miguel Suárez y algunos que ya no están, como Lili, José Antonio Atta, Raúl, Pepe Macías, Luis Castro el policía y Adolfo Santana.

Manolito el barbero era el masajista y los ayudantes eran mi primo Antonio, que llevaba una toalla como asistente del masajista, y Manolo Peñate, que era el ayudante del entrenador. El concejal Agustinito Peñate y Juanito el guardia nos acompañaban a todos los partidos.tito 2

El primer campo de fútbol donde jugábamos es donde está hoy la policía y el juzgado. Luego, en la Hoya del Peral, en La Barrera, en Llanos del Conde, en El Pedregal (anécdota del Pedregal: un portero no veía al otro, porque el campo era curvado). Y por último, en la Mirabala, hoy campo de fútbol José Antonio Atta.

Por supuesto, los primeros años no teníamos botines de fútbol, sino alpargatas. Las alpargatas duraban un mes: diez días nuevas, diez días rotas y diez días esperando por otras.

Ya de pequeño practicaba la caza, que fue lo que Antoñito Monzón, Juanito Monzón y Andresito Ortega me enseñaron. De ahí surgió mi pasión por los perros podencos y, en general, por las razas canarias.

Cuando era pequeño, los chiquillos deseábamos que llegaran las fiestas de San Miguel: para un pueblo que vivía netamente de la agricultura y la ganadería, las fiestas significaban unos días de descanso, alegría, y un romper con la monotonía diaria.

El pueblo se convertía: primero, se albeaban los muros y se pintaban las casas, para engalanar las calles con banderas de colores. Las banderas se hacían de forma triangular, y como no había pegamento, se cogían a un hilo con almidón.

Desde el día de San Mateo y hasta el día grande, todos los días a las 12 se escuchaba el repique de campanas, y se tiraban globos aerostáticos y voladores, que anunciaban la llegada de los papagüevos, y alguna piñata que otra. Los globos aerostáticos, para quien no lo sepa, se inflaban al final de La Cuesta, se les ponía una vela dentro, y cuando estaban llenos, se levantaban y , con el aire, algunos los vi perderse por Las Vegas.

Luego se iban montando ventorrillos, casetas, y la famosa ruleta de la suerte, en la que nunca te ganabas nada porque el feriante, desde que ibas a tener premio, paraba la ruleta con el pie en un pedal que tenía debajo de la mesa.

No puedo olvidarme de la churrería de Pepito, aquí, delante del bar de mi tío Eusebio, pues comíamos churros una vez al año.

Allí estaba la araucaria chica, lugar de encuentro de los viejos. Los jóvenes quedábamos en el peral macho, que estaba allí. La caseta de tiro y la de tapones por aquel lado. Si acertabas el tiro con el tapón te ganabas la caja de cigarros Fedora que era la diana.

Aquí (en el centro de la plaza) se ponía Juan el limpiabotas, que venía de Telde, para limpiarles y betunarles los zapatos a la gente de dinero que iba a entrar a misa.

Alrededor de la plaza estaban los turroneros y hojalateros, que dormían debajo del escenario. Me contaba un señor de Teror, conocido por Yeyo el hojalatero, que se quedaba aquí o en la única pensión del pueblo, que era en casa de Pilarito.

 

En mi casa (y en otras tantas del pueblo), se cambiaban los colchones, que eran de paja o de pinocha. En la tienda se servían comidas. Era cuando único la gente podía permitirse una comida extraordinaria.

Por supuesto, el personaje más esperado era Pepe Caña Dulce, siempre anunciando las fiestas con un megáfono de lata y tambor en mano. Venía vestido con un pantalón desteñido y alpargatas de esparto. Desde que llegaba, los chiquillos tirábamos todos detrás de él, a pesar de que no se entendía mucho lo que decía, pues siempre estaba fañoso. Fue el más auténtico pregonero.

Las fiestas, desde que me acuerdo hasta bien entrados los años 60, solían durar 9 días, respondiendo al novenario religioso.

Se estrenaba el traje en la víspera y el día de San Miguel. Y las madres nos compraban la ropa y los zapatos un poco grandes para que les sirvieran a los hermanos o primos que venían detrás.

La gente que venía de los barrios se quitaba las alpargatas y se ponían los zapatos antes de llegar. Los que venían de Lomitos y Los Juagarzos se las quitaban en casa de Juanita Suárez en la vuelta del olivo. Y los que venían de La Cantera, Llanos del Conde y Los Llanetes, hacían el cambio en El Calvario. Todos decían “voy pa’l pueblo”, que era y sigue siendo como se conoce el casco.

Las tardes de la víspera y el día del santo se hacía un paseo. Era de la plaza al calvario: hasta donde había luz.

A la vez, en la plaza de San Miguel, sonaban los instrumentos de la banda municipal de música de Telde. Que participó en nuestras fiestas durante muchos años. A las 10 de la noche se tiraban los fuegos artificiales en la plaza y en la Montaña del Helechal.

El agua que se gastaba en la fiesta era la de San Roque gasificada, y la traía, entre otros, mi tío Miguel Mayor en la mula. Carbónica y medicinal. Muy buena para la salud.

El día grande de San Miguel arrancaba desde las 6 de la mañana con diana floreada. Habían misas de madrugada, y luego la feria de ganado, hasta las doce, que empezaba la función solemne, cantada por el Coro de la Catedral de Las Palmas, que cobró en 1960, 2475 pesetas. A continuación la procesión, para la que venía la Banda de cornetas y tambores del ejército de aviación.

En algunas ocasiones, en la procesión iban San Miguel delante y la Virgen de Fátima detrás.

Muchos domingos y para San Miguel, don José Falcón ponía a los monaguillos (entre ellos a mi hermano) por el muro de Pepito Cabrera, a esperar a que apareciera el mercedes de don Emilio Suárez Fiol por la cortada. Entonces se ponía la casulla y hasta que don Emilio no llegaba no empezaba la misa. Don Emilio escuchaba la misa en un reclinatorio privilegiado delante del altar.

En mi corta estancia de monaguillo con don José, iba a las procesiones, y con mi primo Antonio y algunos más nos bebíamos el vino del cura. Delante de la procesión recuerdo a Antoñito Martel (padre de Ramoncito el fueguista) tirando voladores que tenía en un saco a sus espaldas.

Según me cuenta Paquito Peña... Que por cierto, hoy es 13 de septiembre de 2019, y Paquito Peña nació el 13 de septiembre de 1922. Con lo cual hoy cumple 97 años. Felicidades, Paquito. Por razones de salud, hoy no nos ha podido acompañar.

Pues Paquito me contaba algo que pasó en una procesión de San Miguel en el año 55 (yo tenía nueve años). Don José Falcón, el cura de la época, mandó a parar la procesión a la altura de la araucaria chica, había allí una discusión muy acalorada que venía del bar de Pilarito. Algunos empujones que otros y algunos pleitos que ya se habían separado. De en medio de la procesión salió un señor de las vegas llamado Miguelito Martel, se acerca al bar de Pilarito y dice: carajo, ¿qué es lo que pasa aquí? La procesión en la calle y ustedes con esa escandalera ahí.

El bar enmudeció.

Se acercó a él Miguelito Peñate, el padre de Gregorio, que trataba de calmar la situación, y le dice: Martel, están discutiendo que quién más higos pasa en Valsequillo, que si en el Llano del Conde, que si en Las Vegas, que si en El Helechal.

Miguelito Martel le contestó: “quien más higos pasa en Valsequillo es el sol. Pilarito, hoy es día mío, échele una copa a esta gente”. Así acabó la discusión y pudo continuar la procesión.

Los premios de la feria de ganado se entregaban después de la procesión, donados por el Cabildo, el Ayuntamiento y la Hermandad de Labradores y Ganaderos de Valsequillo.

Me parece estar viendo desde El Laderón hasta el puente, el desfile de vacas y yeguas de don Emilio, que venían a la feria, donde se encontraban marchantes como Miguel de Eusebio, Santiago Déniz, Periquín, Angelito, Pepe Benigno, Juan Álvarez, Lorenzo Dios o Pepe el gago. Se traían las mejores reses para comprar o vender. Eusebito Peñate mataba para la fiesta alguna vaca, toro o cochino y la despachaba envuelta en papel baso en la carnicería cueva de la calle la silla.

También se organizaban luchadas, tiradas al plato, juegos infantiles, exhibiciones de boxeo, encuentros de folclore y carreras de cintas y de caballos. Estas últimas salían de Montaña Las Palmas hasta casa Pilarito.

Con dieciocho o diecinueve años, cuando empezó a despertar en nosotros el gusanillo político, y como estaban prohibidas las reuniones de más de cinco personas, algunos nos reuníamos a escondidas en una habitación clandestina en Tenteniguada.

Durante los últimos años de la década de los 60, y luego en los 70, se produjo una gran transformación social, económica y política en el archipiélago. Eran los últimos años de la dictadura.

La inquietudes políticas habían hecho mella en nosotros, y ya estábamos organizados, primero con don Antonio Ortega y luego bajo el mandato de D. Manuel Sánchez, al que debemos su buen hacer por el municipio, a pesar de que fueron tiempos duros, principalmente con el agua. Desde aquí, un reconocimiento a su trabajo.

Las nuevas generaciones demandaban cambios y con la mirada puesta en la democracia, se fue dando en las islas una preocupación mayor por la cultura, la política y los problemas sociales. Estos cambios también llegaron a Valsequillo, y cómo no, a sus fiestas:

Para empezar, en el 69, el programa dura 15 días, y no los nueve días que establecía la tradición religiosa.

Los fuegos, se tiraran en la Montaña del Helechal o en la Montañeta de Anís, ya no eran a las 10 sino a las 12.

Las décadas siguientes fueron bien distintas: ya no venía la banda de cornetas y tambores de Gando, ya no venía la Banda de Música de Telde, ya no venía el coro de la catedral, empezaron a surgir otras bandas y agrupaciones, como la de Firgas, la de Agaete o la de San Mateo.

Algunas cosas siguieron igual: continuó la Elección de la Reina de las fiestas y sus damas de honor hasta finales de los años 70. Se coronaba a la reina y luego había verbena. Lo peor para estas chicas es que después tenían que estar en todos los actos oficiales, les gustara o no.

En algunas ocasiones vino Mara González a presentar esas galas, aunque nuestra presentadora oficial de las fiestas durante varios años fue la señorita Elvira Peña.

En 1970, nace el Festival de la Canción del Sudeste. Siempre se hacía la víspera, y el día de San Miguel era la final. Venían solistas o grupos de toda la isla a concursar. Aquí tenemos a alguien que una vez ganó un segundo premio (Andrés López). También recuerdo que un grupo femenino del pueblo se presentó al concurso: se llamaban Las Decididas, y eran mi hermana, Mari Lola y Paca Rosa. El batería era David Peñate y el guitarra, Roberto Rafael. La canción era de Rita Pavone.

En cuanto a los pregones, creo recordar que el primer pregón de las fiestas se hizo también en el 70. Hasta el año 1986, los pregones se hacían la víspera por la mañana, por Radio Atlántico o Radio Popular.

Una mención a todos los pregoneros y pregoneras, pero quiero destacar que en menos de 50 ms. a la redonda hemos tenido cuatro mujeres: doña Mari Monzón, doña Adela Macías, doña Maximina Monzón y doña Teodora Suárez, y un pregonero: don Pedro Suárez. Esto también es historia, como lo es nuestro Rancho de Ánimas, al que no podría dejar de nombrar, ya que gracias a las familias de los Pérez, los Sánchez los Calderines y los Chanas, representa nuestro más importante patrimonio cultural inmaterial, y al que me unen los cantos de mi abuela materna, Antoñita la Pájara, que era respondedora, y daba una comida anual al rancho.

La primera romería fue en el 72, y cada barrio traía su ofrenda. La romería se hacía la víspera y se premiaba a las tres primeras carrozas clasificadas. Se compensaba con 1.000 pesetas a todas las demás.

En 1986 se decide por primera vez en pleno, y a propuesta de quien les habla, que la carroza que mejor tipismo presentara sería la encargada de confeccionar, junto con el ayuntamiento, la carroza en la fiesta del Pino del siguiente año.

Otros actos con mucho tirón en esa época eran las verbenas. La primera vez que aparecen en el programa fue en el año 73, que por cierto, es el año en que las fiestas empiezan a durar 22 días (cada vez íbamos sumando una semanita).

El escenario se montaba aquí, y Paco Cabrera que era el encargado de organizar las verbenas, lo forraba con hojas de palmera y se cerraba la plaza con cañas.

La orquesta estrella era Los Diamantes, y era la más que amenizó las verbenas. También recuerdo a Los Rumberos, que eran de Valsequillo (Roberto Rafael, Luis Navarro y Andrés López) aquí hay algunos presentes; los Rayos de Plata, Los Únicos, Rayos del Sur y la Orquesta Deliciosa.

Y a las 5 de la mañana, cuando terminaba la verbena, un poco de caldo de pollo ayudaba a seguir.

Pero lo que marcó un antes y un después en la vida social y municipal, fue la aparición de las semanas culturales, y es cuando se empieza a disfrutar en las fiestas de conferencias, charlas, sesiones de música, cine y teatro. Las jornadas contaban con la participación de grupos locales como la Asociación de Vecinos Añatén, Los Picachos, grupos de teatro y pequeñas rondallas que habían surgido en el casco y los barrios.

Una obra de teatro local con la que nos reímos mucho, pues representaba la vida diaria de los mayores del pueblo fue “Pilarito”. Recuerdo a Jacinto Atta haciendo de Manolito el Árabe, y a Antonia María de Pilarito, entre otros.

En los años 80, aparte del teatro y el cine surgió el fenómeno Scala en Hifi, y había grupos en el Casco, Las Vegas, Los Lomitos, y el de la segunda juventud.

Quiero recordar también a aquellos tocadores de nuestro pueblo, como Miguelito Suárez, al que alguna vez escuché con el violín en su casa, y más tarde a Ofilio, D. Nicolás, Borito, maestro Pepe y maestro Paco Gómez con guitarras en la tienda de mi padre. Así como a Samuelito Rodríguez con su guitarra en la puerta de aquel bar.

A grupos como Almogaren, Roque Grande, Las Voces Blancas, Los Rumberos, Los Picachos o Lomitos de Correa.

En fin, a todas esas gentes que llenaron Valsequillo de inquietudes culturales y aportaron mucho a nuestras fiestas y a nuestra sociedad.

Innumerables fueron las galas y artistas que pasaron por los escenarios de San Miguel, pero algunos han quedado en la mente de muchos de nosotros, como Antonio Ravelo, Paco España, y Pepe Castellano con los cuentos de Pepe Monagas, y más tarde, Sangre de Cóndor, la Parranda Cuasquías, Olga Manzano y Manuel Picón, María Mérida, y Mestisay con el Romance del Corredera.

Con muy gratos recuerdos, destaco la década de los ochenta. No puedo dejar atrás al grupo humano que defendió sus fiestas durante mi andadura política, como Lolita Rosa, Paca López, mi prima Lola, Cecilita, Reyita López, Carmencita y Juan Viera, Pepe el panadero, Manuel del Pino, Agustín Peñate, Hermana, Antonia María, Mari Feli, Jacinto Atta, Fermín Gil, Paco Peñate, Antonio Luis Toscano y seguro que algunos más se me quedan. Por todo el que he nombrado y el que se sienta aludido, que este pregón también vaya por ellos.

Muchas eran las casas comerciales que colaboraban en las fiestas, pues eran muy nombradas, y fuera en martes o domingo, siempre venía mucha gente, llegándose a decir que “la fiesta la hace el santo”. La principal publicidad de la época la hacía don Jacinto Suárez Martel, a través del programa de Radio Atlántico “Hora Canaria”, dirigido por Ángel Pérez.

Por decir algún presupuesto, las fiestas de San Miguel en el año 80 costaron 812.638 pesetas (unos 5000 €) y los fuegos del año 81, 75.000 pesetas (470 €).

Valsequillo vivía netamente de la agricultura. Tenía productos como las papas, miel, vino, millo, higos y tunos... Nuestro pueblo era una despensa, al igual que nuestros pueblos vecinos, a los que también les dedico este pregón.

El mundo hace un reconocimiento a Risco Caído y esas Montañas Sagradas, que han sido inspiración de compositores, escritores, pintores y otros artistas. Y yo se lo hago a esta isla tan bonita como la Gran Canaria, que cuando un trozo de ella queda afectado llora el corazón de los canarios. ¿Por qué no ayudamos todos y todas a recuperarla?

Quiero también hacer mención a nuestros hermanos y hermanas de la otra orilla, en especial a Venezuela, por el momento por el que están pasando.

En breve voy a terminar, pero antes, quiero agradecer en primer lugar al ayuntamiento de Valsequillo, al señor Alcalde y Corporación por haberme hecho este ofrecimiento.

- A todos los empleados municipales por su labor diaria, y a todas aquellas personas y colectivos que hacen que las fiestas de San Miguel sean posibles.

- A mi presentador, Toni el de Los Gofiones.

- A nuestro pescador, José Manuel Lugo. Y a Raúl.

- A la Parranda del Medio Jigo pa’l kilo

- A Paquito Peña

- A toda mi familia, por apoyarme en este proyecto.

- A nuestro santo, porque sin él no tendríamos este tiempo de fiestas.

Y por supuesto, a nuestras gentes, las que estamos y las que no.

Hoy las cosas han cambiado: ya no se estrena ropa (bueno, sí, la de la fiesta de los 60).

Las fiestas no duran nueve días, sino los que podemos estirar.

Los fuegos no son a las 10, cada vez más tarde pa´ aprovechar la noche...

Ya no hay misas de madrugada, pero la iglesia y la procesión se llenan.

Tenemos fiesta de los 60, Pub Miguelito, Miguelito Junior, y este año también Miguelón. Para todos los gustos...

Se siguen pintando las casas, se sigue escuchando el repique de campanas y se sigue soltando nuestro Perro Maldito.

He hablado de mis vivencias. Es mi aportación a la historia. Que estos días sean motivo de encuentro y de compartir, con alegría y respeto.

Los canarios nos entendemos hasta silbando.

¡¡Qué empiecen las fiestas!!

¡¡¡¡que viva San Miguel!!!!

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