UNA ISLA A LA QUE TODOS CANTAN Y NADIE PROTEGE

SANTIAGO GILHace unos días escribí sobre nuestra responsabilidad medioambiental. Y sigo manteniendo lo que expuse: tenemos un grave problema de educación en Gran Canaria que, poco a poco, se hará visible en todos los ámbitos, en lo cotidiano, en el cuidado de los árboles y en la propia urbanidad, en lo que uno se encuentre cada día en la cola del supermercado o en la playa. Ante esa situación urge un esfuerzo colectivo más allá de las siglas políticas y de las alicortas miradas electorales. Urge pensar en el futuro para que no nos encontremos con incendios como el que comenzó en Valleseco.

Confucio decía que quien comete un error y no lo corrige comete un error mayor. El primer incendio fue fruto de la irresponsabilidad de alguien que no debía haber soldado en días de tanto calor y de tanto viento. Pero ya todos intuimos que aquel pequeño conato se había ido de las manos y que quizá no se había actuado con la diligencia debida. Pero hubo suerte porque afectó sobre todo a matorrales y monte bajo.

LO PRIMERO SON LAS PERSONAS

emilioEn estas hora tan duras para Gran Canaria, solo hay dos asuntos prioritarios: aunar esfuerzos para detener el fuego y cuidar de las personas que se han visto afectadas. Por fortuna, la solidaridad está siendo enorme, pero la angustia y la incertidumbre de las personas desalojadas es un dolor añadido, porque dejarlo todo atrás sin saber qué va a pasar es un drama siempre, y lo es más cuando hay entre las personas desplazadas enfermos, anciano y niños que no aciertan a entender qué está pasando. Por ello, todo lo demás se vuelve secundario, y ya habrá tiempo de analizarlo para que una desgracia de estas dimensiones no vuelva a repetirse.

Cuando se haga el balance de los daños, se valorarán enseres, rentas, cultivos, ganado y hasta se escribirán hipótesis sobre el menoscabo económico que la quema de un bosque supone para una sociedad. Lo que nunca podremos cuantificar es el quebranto personal de cada una de las personas afectadas, el abatimiento, el desaliento, la zozobra, la ansiedad y hasta la postración que esta pesadilla habrá desencadenado en cientos, o tal vez miles, de personas, que se han visto privadas de su albedrío íntimo, y que han sido quienes han pagado la factura del desacierto colectivo. La espontánea solidaridad de la gente de toda la isla, ofreciendo ayuda, sus casas o implicándose personalmente con los evacuados, es la que nos dice que somos culpables como sociedad, unos porque nunca se pararon a pensar en la fragilidad física que supone vivir en una isla, otros porque sí lo pensaron pero no alzaron la voz para prevenir desgracias como esta.

PROTAGONISTAS CON ACENTO CANARIO

francisco joseNo quiero que este artículo pueda aparentar antipatía hacia las decenas de personas que han llegado hasta Gran Canaria para ayudar en la lucha contra el fuego, para nada. Todo lo contrario. En estas dos semanas de tragedia con tres fuegos que han arrasado miles de hectáreas de lo más preciado de nuestro territorio, el pueblo grancanario ha demostrado de forma espontánea su agradecimiento, cariño y admiración a todos aquellos que se están dejando la piel para apagar las llamas. Esas imágenes de banderas, aplausos y decenas de ciudadanos agolpados en la Avenida Marítima vitoreando a los pilotos de los hidroaviones han sido maravillosas, porque ellos lo merecen, al igual que los equipos helitransportados, los efectivos de la UME, técnicos, especialistas y demás profesionales llegados a Gran Canaria para evitar que se siga consumiendo por las llamas.

IMPRUDENTES E INCENDIARIOS

ALBERTO ARTILESLa historia del fuego se repite. Las imágenes de las voraces llamas arrasando verdes hectáreas, el perfil en combustión de cadavéricos pinos y los desalojos de vecinos asustados se repiten cada verano. Los factores que desencadenan un incendio pueden ser muchos, algunos climáticos como la sequía, pero todos son evitables por ser provocados por comportamientos delictivos, incluidas las imprudencias. No tienen menos culpa del fuego las administraciones, que en su afán de austeridad también han recortado en medios contraincendios. Además, no se ha hecho la limpieza necesaria en el invierno, coartando también la iniciativa de agricultores, ganaderos y oriundos; por no hablar del abandono del sector primario, auténtica garantía para tener una cumbre viva.

GRAN CANARIA NOS NECESITA

ronalQué triste es mirar hacia la cumbre desde casi cualquier punto de la isla y ver el humo negro salir incesante de las montañas. Como duele presenciar la voracidad del fuego arrasar con el verde del centro de nuestra querida Gran Canaria, llevándose por delante flora y fauna, aquella que tanto queremos pero que por inconsciencia descuidamos pensando que nada le puede pasar. Decir adiós a nuestro pulmón con el abrasamiento de Tamadaba, ser testigos de una hecatombe medioambiental y no poder hacer lo más mínimo por evitarlo. Endemismos calcinados, viviendas destruidas, animales muertos, pinares hechos ceniza... Pero este agosto maldito, quizás el más negro de nuestra historia, debe servir de punto de inflexión para empezar respetar la naturaleza y valorar lo que tenemos ahí arriba, en nuestra cumbre que ahora es pasto de las llamas.

«Es momento de ayudar a los evacuados y facilitar el trabajo a los profesionales, y no de hacer política y criticar sin parar»

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